Hoy te volví a ver. Después de tantos años, y aunque durante mucho tiempo me convencí de que ya eras un capítulo cerrado de mi vida, hoy entendí que estaba equivocada.
Aquellas mariposas que creía dormidas, atrapadas en un largo invierno, despertaron de pronto y revolotearon dentro de mí como si hubiese llegado la primavera más hermosa. Por un instante, me hicieron volver a ser aquella niña que conociste, la que se refugiaba en una nube de terciopelo cada vez que la llamabas "mi niña"; esa niña que se sentía la mujer más afortunada del mundo al recibir una carta escrita por ti, al escuchar una canción que llevaba su nombre entre los versos o al descubrir que, una vez más, la luna había sido testigo silencioso de un amor que aprendió a vivir entre la distancia y la esperanza.
Hoy nos encontramos en otra realidad. La vida nos llevó por caminos distintos, nos cambió, nos puso frente a pruebas, alegrías y heridas que terminaron moldeándonos. Sin darnos cuenta, el tiempo siguió su curso y nos convirtió en dos personas diferentes. Pensé que todo había quedado guardado en el rincón de los recuerdos, sostenido únicamente por la nostalgia. Pero bastó con volver a cruzar nuestras miradas para que, por un instante, el tiempo dejara de existir. Fue como regresar a aquel lugar donde alguna vez fuimos felices, donde nos pertenecíamos sin promesas ni condiciones, simplemente porque el amor bastaba.
Sin embargo, el presente no tardó en recordarnos la verdad. La madurez nos enseñó que hay historias que, aunque nunca terminan de irse del corazón, ya no tienen un lugar en la vida que hoy construimos. Comprendimos que ya no eres solo mío, como yo tampoco soy solamente tuya. Apenas nos permitió estrechar nuestras manos en un saludo cordial, con esa extraña sensación de dos personas que alguna vez conocieron hasta el último rincón del alma del otro y que hoy apenas pueden intercambiar una sonrisa.
Me fui con el corazón lleno de recuerdos y con una certeza que dolió aceptar: hay amores que nunca dejan de sentirse, pero que pertenecen únicamente al tiempo que los vio nacer. Y aunque volver a verte despertó una parte de mí que creía dormida para siempre, también entendí que algunas historias son demasiado hermosas para repetirse. Solo pueden vivirse una vez y, después, aprender a guardarlas con amor, gratitud y un poco de melancolía.
Porque hay encuentros que no llegan para cambiar el presente, sino para recordarnos que, aunque el tiempo pase y la vida siga su curso, existen personas que siempre tendrán un lugar irremplazable en el corazón.
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